Vivir en presencia de Dios con María de la Encarnación y el Hermano Laurent de la Resurrección
Ste Thérèse d'Avila

Vivir en presencia de Dios con María de la Encarnación y el Hermano Laurent de la Resurrección

“Camina en mi presencia, y serás perfecto”, dijo Dios a Abraham (Gn 17, 1-2).
Dios está en nosotros; solo hay que ser consciente de ello y manejar nuestra vida confiándosela a Él.
Todos nuestros actos pueden ser realizados junto con la adoración constante y fraternal hacia el Divino Compañero, Padre Creador e Hijo encarnado.
Madame Acarie y el hermano Laurent se comportan en muchas ocasiones cotidianas conforme a ese espíritu de adoración, de humildad y de conformidad en su misión como criaturas.
A cada momento, todo es para ellos presencia de Dios y vida transformada en esa presencia, sean cuales sean las múltiples vicisitudes humanas.

VIVIR EN PRESENCIA DE DIOS
con
LA BIENAVENTURADA MARÍA DE LA ENCARNACIÓN, Carmelita, (1566-1618)
y
EL HERMANO LAURENT DE LA RESURRECCIÓN, Carmelita, (1614-1691)

Queridos Hermanos y Hermanas,

Antes de entrar en materia, he creído oportuno explicar brevemente qué debemos entender por Presencia de Dios, así como mostraros el destacado lugar que ocupa la práctica de esa Presencia de Dios dentro del Carmelo.
Cuando digo Carmelo, me estoy refiriendo no solo a mis hermanos y hermanas carmelitas, sino también a los miles de religiosos y de laicos que han vivido y viven en el seno de este mundo de acuerdo con esa espiritualidad Carmelitana a lo largo y ancho del mundo.

Introducción

La Presencia de DiosEsta introducción debe mucho al opúsculo “Présence à Dieu et à soi-même” (Presencia en Dios y en sí mismo) del Padre François de Sainte Marie, o.c.d, París, Le Seuil, 1943, pág.9 y ss. ha sido considerada desde siempre como el gran objeto de meditación que prepara al alma para entrar en contacto con la intimidad divina. Los viejos legisladores del monaquismo, como Cassien, consideran que acordarse de Dios o tender a la perfección es una misma cosa.
Camina en mi presencia, y serás perfecto” dijo Dios a Abraham (Génesis 17, 1/2). ¿Sería posible atribuir a la antigüedad del Carmelo y a sus raíces bíblicas la importancia que este otorga al ejercicio de la Presencia de Dios? Elías permanecía en pie “delante del Dios viviente” (1 R 17, 1); su ejemplo suscitó la aparición de imitadores.

¿No es cierto que San Juan de la Cruz, en una de sus Máximas, nos aconseja: “Esforzaos diariamente por conservar la Presencia de Dios”?  Y Santa Teresa de Ávila: “Recordad que es muy importante para vosotros haber comprendido esta verdad: El Señor está dentro de nosotros, en lo más hondo de nosotros mismos, quedémonos con Él” (Camino -Escorial-, 46, 3); y un poco después: “Si yo hubiera sabido, como ahora lo sé, que en este palacio pequeñito de mi alma cabe tan grandísimo Rey, no lo hubiera dejado solo tantas veces y me hubiera acercado mucho más a Él”. (Camino -Vall.- 28, 11).

El Padre François de Sta. María, lo resume así: “Vivimos en presencia de la más grande realidad existente y no hay ninguna distancia entre ella y nosotros, pues es en nuestra más profunda intimidad donde hay que buscar a Dios. Él está ahí como nuestro creador, como aquel que, habitando en nosotros, es más verdadero que nosotros mismos, como esa fuerza generadora de la cual nosotros extraemos el ser, el movimiento de la vida”.
Que el verdadero Dios está por todas partes como alguien que ve y mira es una convicción profunda en Sta. Teresa de Ávila: “Pues nunca, hijas, quita vuestro Esposo los ojos de vosotras. Ha sufrido mil cosas feas y abominaciones contra Él y no ha bastado para que os deje de mirar, ¿y es mucho que, quitados los ojos de estas cosas exteriores, le miréis algunas veces a Él? Mirad que no está aguardando otra cosa, como dice a la esposa, sino que le miremos. Como le quisiereis, le hallaréis. Tiene en tanto que le volvamos a mirar, que no quedará por diligencia suya.” (Camino Vall. 26,3). “Si os acostumbráis a traerle cabe vos y Él ve que lo hacéis con amor y que andáis procurando contentarle, no le podréis -como dicen- echar de vos”. (Camino Vall. 26,1).

Pues bien, ¿cómo han vivido esa “Presencia de Dios” – tan cara a la Tradición Carmelita – la Bienaventurada María de la Encarnación y el Hermano Laurent de la Resurrección?

Biografías

Antes de lanzar una mirada sobre sus vivencias y de escuchar sus enseñanzas sobre el tema, me propongo presentároslos brevemente. Si puede parecer superfluo el hecho de presentar a la Bienaventurada María de la Encarnación en esta asamblea, es quizás necesario hacerlo con el Hermano Laurent, y lo haremos presentando sus vidas “en paralelo”.

BARBE AVRILLOT
Barbe Avrillot nace en París en 1566. Su juventud tendrá como trasfondo político las guerras de religión.  Convertida ya en Madame Acarie, Dios va a hacer de ella un instrumento privilegiado para restaurar la piedad en Francia. Así, será ella la encargada por Sta. Teresa de introducir el Carmelo Reformado en Francia, labor para la que contará con eminentes colaboradores. A los 48 años, tras haber dado a luz a 6 hijos y haber perdido a su marido, entra a formar parte del Carmelo de Amiens, (el año del nacimiento del Hermano Laurent). La Bienaventurada formaba parte de la alta burguesía, había recibido una esmerada educación, poseía bienes importantes y mucho personal de servicio en su casa. Gracias al libro del Señor Duval, que apareció tres años después de su muerte, y al extenso proceso de beatificación, su vida es bastante conocida. En cambio, sabemos muy pocas cosas del Hermano Laurent.

NICOLÁS HERMANN
Nicolás Hermann –ese es el verdadero nombre del Hermano Laurent- nace en 1614, en Herimesnil, un pequeño pueblo situado a 4 km de Lunéville, en Lorraine. Su biógrafo, Joseph de Beaufort, quien lo visitaba y anotaba secretamente sus palabras, asegura que “sus padres eran muy buena gente”. Nicolás, dotado como estaba de una gran inteligencia, no parece haber tenido la oportunidad de estudiar.  Su primera juventud es poco conocida. ¿Tuvo hermanos…? ¿…hermanas? ¿Cuál fue su primer trabajo? Y sobre todo… ¿Qué significaba Dios para él?
Cuando a los 26 años, en 1640, entra en el convento de los Carmelitas de la calle de Vaugirard, situado en el lugar donde actualmente se encuentra el Instituto Católico de París. Nicolás deja tras él un pasado como soldado en la Guerra de los Treinta años (una guerra que empezó el año su nacimiento y que en ese momento aún no había concluido) y también como lacayo.  Desde entonces se llamará Hermano Laurent de la Resurrección. Su vida religiosa se caracterizará por una cierta aspereza de carácter –como así lo perciben y refieren algunos de sus contemporáneos-, rudeza que, sin embargo, propicia que destaquen aún más la sutileza y la profundidad de su vida espiritual.

A pesar de las diferencias existentes entre ambos tanto en lo concerniente al nacimiento como a las experiencias vitales, María de la Encarnación y Laurent de la Resurrección tuvieron en común la llamada del Carmelo y su estado de “conversos”. María de la Encarnación se convirtió en hermana conversa por la influencia recibida de  Sta. Teresa, y Laurent de la Resurrección alcanzó el estado de  hermano converso como consecuencia “natural” de su modus vivendi.
Ambos acataron no tener voz ni voto en ningún asunto; ambos aceptaron realizar los trabajos considerados más abyectos en la época: cocina, remendar zapatos, cuidar  enfermos en el caso de ella y recolección de limosnas fuera del convento en el caso de él; y los dos sufrieron el lastimoso estado del discapacitado físico: Laurent tenía una pierna de madera y Madame Acarie caminaba con un molesto aparataje a base de cuerdas para suplir la imperfección de sus piernas.
Pero tanto el uno como el otro serán recordados por ser los dos “grandes seres espirituales” de aquel primer siglo del Carmelo Teresiano en Francia.
Ambos vivieron intensamente esa Presencia de Dios interior, la hicieron resplandecer y, en algunas ocasiones, fueron capaces de verbalizarla.

Testimonios acerca de María de la Encarnación.

La verdad es que la mencionada señora estaba siempre en la Presencia de Dios”.La mayoría de las citas concernientes a Madame Acarie están extraídas de los testimonios de los testigos de los diversos procedimientos que  condujeron a su beatificación. Estos testimonios se conservan en los Archivos Privados del Vaticano (fondos Riti) en una decena de volúmenes. Para simplificar, nos limitamos a referenciar las citas dando tan solo el número de volumen seguido del número de folio donde figuran. (Jeanne Lesperrier; 2235-584 v)

Se mantenía en Presencia de Dios independientemente de si se encontraba viajando, atendiendo a asuntos importantes, u orando a los pies de Cristo en la Cruz. Viajando en dirección a Amiens, en una ocasión en la que discutíamos acerca de la elevación del alma hacia Dios y de las distracciones en que podía uno incurrir, admitió que durante en el transcurso de un día entero podía llegar a distraerse –apartando así momentáneamente la atención sobre Dios- unas nueve o diez veces, lo que no es casi nada dada la naturaleza vagabunda de la imaginación humana que, como constatamos por nosotros mismos, nos conduce hacia mil objetos distintos a cada instante”.
(Mr Duval André, 2236-338 r)

Esa presencia constante en Dios la vuelve dulce y la conduce hacia un gran equilibrio espiritual y de autoconocimiento y control de ella misma.

El hábito que tenía de estar en presencia de Dios preservaba su exterior tan ordenado, que ni por sorpresa […..] ni por celo ni fervor, se la veía alejarse de su ordinaria moderación y equilibrio espiritual”.
(Madre María de San José, 2236-144 r)

No recuerdo haberle oído decir nunca en sus reprensiones una sola palabra malsonante, ni tampoco, por la Presencia de Dios, montando en cólera y hablando fuera de la caridad cristiana”. Se hace aquí alusión a los inevitables problemas con el numeroso personal de servicio.
(Madre Marie de Jesús, Acarie, 2236-503)

La Bienaventurada, presente en Dios, irradia y calma a aquellos que se acercan a ella.

No solo sus discursos, sino también su manera de actuar y su sola presencia impregnaban de sentimientos de devoción a aquellos que la miraban […] He experimentado infinidad de veces esos efectos en mí misma”.
(Madre Marie de Jesús, de Bréauté, 2235-616v)

“Nunca la vi perturbada, ni emocionada por cualquier circunstancia humana que se presentase; la Presencia de Dios parecía tan sólida en ella, que apaciguaba hasta las más agitadas penas en sus quehaceres cotidianos, tal y como se lo he escuchado decir a varias señoras que así lo refieren, de las cuales una de ellas es Madame la Connétable de Montmorency”.
(Madre Marguerite del St Sacramento, Acarie, 2236-426)

La intensa actividad caritativa de Madame Acarie no impide su recogimiento.

Siendo ella religiosa, “le pregunté cómo podía estar siempre en Presencia de Dios con todas las situaciones a las que debía enfrentarse diariamente en este mundo; la mencionada Sor María de la Encarnación me respondió que se había encontrado en la circunstancia de estar realizando al mismo tiempo hasta veinticinco tareas distintas sin desatender en ningún momento a la Presencia de Dios”.
(Madre Marie de St Joseph, Fournier, 2233-53r)

Pues …
Estaba tan inseparablemente unida a Dios por los sagrados lazos de su amor, que su corazón y su pensamiento no podían alejarse jamás de Él; e incluso las ocupaciones que nos suelen separar de Dios debido a la implicación demasiado grande de nuestros sentidos sobre las criaturas, a ella le servían para elevarse hacía Dios y para unirse a Él de manera mucho más íntima y perfecta; y por eso muy a menudo se encontraba más cerca de Dios cuando realizaba sus tareas o cuando estaba acompañada que en sus momentos de retiro y oración”.
(Marquesa de Maignelay, 2236-235)

Esa fidelidad con la que actuaba en Presencia de Dios era la causa de la gran facilidad que tenía para pasar de la acción a la oración”.
(Madre Maria de Jesús, de Bréauté, 2235-618)

Ni la enfermedad, ni la cercanía de la muerte logran quebrantar su fidelidad a la Presencia de Dios.

Ni las enfermedades, ni los dolores –tan fuertes como fueran- podían separarla en modo alguno de Dios. Esa es la pura verdad”.
(Sor Marguerite de St. Joseph, Langlois, 2235-791r)

Durante su enfermedad, se la veía siempre ocupada y unida a Dios, y, tomando  algún verso de los salmos u otras expresiones amorosas como “Dios mío y mi Todo” (Deus meus et omnia) o “El cielo y la tierra están llenos de tu gloria” (Pleni sunt coeli et terra majestate tua), con esas palabras ocupaba su tiempo y se entretenía toda la noche; se la veía mudar de expresión como si de otra persona se tratara, se la veía unida a Dios y se apreciaba claramente la Presencia de Dios en ella”.
(Madre Agnés de los Leones, 2233-52 r)

Mientras se aproximaba su muerte, recibió la visita de su confesor.

Él le preguntó si había estado en algún momento fuera de la Presencia de Dios desde su última confesión, a lo que ella respondió “no, Padre mío”. Así, durante todo el tiempo que él estuvo allí no pudo haber otra confesión más que la de las misericordias divinas [hacia ella]”.
(Ana de St. Laurent, de St. Lieu, 2236-78)

Elogios del hermano Laurent de la Resurreccción.

Envuelto por un fervor absolutamente divino, Laurent buscaba a Dios en la simplicidad y en la serenidad de su corazón…(EL 13)Todas las citas del Hermano Laurent están extraídas del libro «Frère Laurent de la Résurrection» (“Hermano Laurent de la Resurrección”) , Paris, le Cerf 1991, edición  y presentación realizada por el Padre Conrad de Meester, formado por escritos del Hermano Laurent y de otros testimonios relacionados con el tema. Todos estos documentos fueron publicados por primera vez desde finales del siglo XVII  hasta principios del siglo XVIII.  Se reparten en “Elogios” (EL), “Máximas Espirituales” (MS), “Entrevistas” (EN), “Costumbres” y “Cartas”.

Laurent se volcaba de lleno en la práctica de la oración por muy grandes que fueran sus ocupaciones, las cuales jamás lograban interferir en el tiempo destinado a ese santo ejercicio. Así, la Presencia de Dios y la caridad fueron sus virtudes más sobresalientes”. (EL 18)
A pesar de todas las circunstancias que lograron mermarlo hasta límites extremos, su ánimo jamás lo abandonó; al contrario: en sus peores momentos siempre recurrió a la plegaria y al ejercicio de la Presencia de Dios…” “…ya que, como decía, ya no me importa lo que haga o lo que sufra, mientras me mantenga amorosamente unido a la voluntad de Dios, siendo esa toda mi ocupación”. (EL 26)
En el caso de Laurent, “se ha constatado en su conducta, cuando realizaba sus labores en la cocina, que aun trabajando dura y asiduamente en tareas  propicias a la fácil distracción, tenía siempre el espíritu recogido en Dios”. (EL 32)
Si durante su vida quiso tanto Laurent a Dios, no lo amará  menos en la hora de su muerte. Realizaba continuamente actos de amor, y, habiéndole preguntado un religioso si amaba a Dios de todo corazón, respondió: “¡Ah! Si supiera que mi corazón no hubiese amado a Dios, me lo arrancaría en este mismo instante”. (EL 58)

Práctica de la presencia de Dios en el caso de la Hermana Marie de la Encarnación

Hasta ahora, hemos escuchado los testimonios de la vida de la Bienaventurada, tanto en el mundo como dentro del convento. Pero ¿cuál era su secreto para poder mantenerse constantemente en esa Presencia de Dios?

La Madre María del Santo Sacramento, en Pontoise, le hizo la pregunta siguiente:
Le pregunté una vez a esta Bienaventurada acerca del método y la práctica de la Presencia de Dios. Me respondió que no había más que mirar continuadamente a Dios, entregarse a Él y humillarse a uno mismo; y que estimaba que la gracia de la Presencia de Dios continuada era el estado de los bienaventurados del cielo, quienes permanecen siempre unidos disciplinadamente con Dios, sin distracción alguna, y que el hombre en su origen poseía esa rectitud, pero que desde que había decaído y había perdido el valor de la justicia pecando… se alejaba fácilmente de Dios…y que el remedio consistía en un continuo caminar hacia Dios y en el humilde y constante olvido de nosotros mismos.”
(2236-217v/218r–Transcripción simplificada para la comprensión del texto).

Esa mirada a Dios, ese caminar hacia Él, se realiza en compañía de Jesús.

Nos incitaba con insistencia a realizar todas nuestras acciones en Presencia de Dios y a unir todas nuestras acciones a las de Nuestro Señor Jesucristo, e insistía en que un alma fuera de la Presencia de Dios es como un pez fuera del agua”.
(Hermana Anne de St Laurent, de St Lieu, 2236-74 r).

Debemos conversar también con Jesucristo, establecer un diálogo de amor simple con Él.

Dios mío, ¿cuándo será esta unión amorosa tal que jamás pueda ya soportar vuestra ausencia? Dios mío, venid a mí, entrad en mi alma”.
(Vrais exercices, 13 r)

Estar sediento de la Eucaristía:

Ansío recibiros (en el Santo Sacramento del altar) para que, saciada de ese alimento espiritual, os abrace gozosamente en mi alma, pudiendo así amaros con todo mi corazón sin ya jamás separarme de vos”. (Vrais exercices, 13 r)Les Vrays Exercices de la Bienheureuse Sœur Marie de l’Incarnation composez par elle mesme  (Los Ejercicios Verdaderos de la Bienaventurada Hermana María de la Encarnación compuestos por ella misma), París, 1623. El Padre Bruno de Jesús-María los publicó al final de “La Belle Acarie” (La Bella Acarie), París, 1942.

En medio de una conversación, aprovechando un pequeño momento de silencio, una mirada rápida hacia Dios:

Cuando en ocasiones se encontraba hablando sobre cualquier suceso cotidiano acaecido en su casa o bien sobre cualquier otro de carácter piadoso, si en algún momento alguien la interrumpía, se callaba instantáneamente y en ese pequeño espacio de tiempo volvía su mirada hacia Dios; y lo hacía con tanta eficacia que olvidaba por completo lo que venía diciendo anteriormente… Aseguro haber visto esto varias veces, lo cual da testimonio de la gran fidelidad que ella mostraba y que le permitía tener siempre su espíritu ligado a Dios”.

Siempre con el deseo en el corazón de regocijar a Dios:

… Dulce Jesús, haced de mí un mismo espíritu con vos, a fin de que vos podáis regocijaros en mí y pueda yo restar eternamente en vos”.
(Citado por J.B.A. Boucher, Vie de la Bienheureuse Marie de l’Incarnation [“Vida de la Bienaventurada María de la Encarnación”], París 1873, pg. 507)

Máximas espirituales del hermano Laurent de la Resurreccción.

De hecho, Laurent nos dice que “la única práctica, la más santa, la más común y la más necesaria para la vida espiritual, es la Presencia de Dios; consiste en acostumbrarse con placer a su divina compañía,  hablando humildemente y tratando amorosamente con Él, de vez en cuando, sin regla ni medida alguna” (MS 6).

Podemos aprender a entrever a Dios en medio de la vida misma y a través de ella, tal y como lo hacía el hermano Laurent en su cocina. Podemos aplicar en nosotros aquello que él llamaba “esa pequeña mirada interior” (cf MS 29) sobre Dios que tan bien sabía él recoger en lo más íntimo de su ser.
“Esa Presencia de Dios, añade, un poco fastidiosa al principio, practicada con fidelidad, opera en el alma efectos maravillosos” (MS 31).

No hay que olvidarse jamás, dice Laurent, de realizar pequeñas cosas ’por el amor de Dios’, que no valora la magnitud de la obra, sino el amor puesto en ella” (EN 49): “[…] giro mi pequeña tortilla en la sartén, por el amor de Dios” (Costumbres –Moeurs- 10).

Antes de emprender una tarea, nuestro buen cocinero se ocupaba de “lanzar una mirada a Dios, aunque tan solo fuera cosa de un instante”; y durante el trabajo, “renovaba de vez en cuando esa mirada”, y siempre actuaba de la misma manera. (cf MS 29)
Siguiendo los pasos de San Juan de la Cruz, nuestro hermano carmelita sabe describir muy bien cómo debe el hombre perfecto hablarle a Dios: rezándole “desde el fondo y desde el centro del alma…”, desde el fondo del corazón, y siempre acompañado de una gran y profunda paz en la cual el alma goza plenamente de la Presencia de Dios: “Esa mirada dulce y amorosa de Dios, que enciende insensiblemente un fuego divino en el alma que la envuelve ardientemente del amor de Dios”. (MS 23/24)

Cartas.

MADAME ACARIE (de ella se conservan una docena de cartas)J.B.A. BOUCHER, ibid., pages 520 à 535.

En la quinta carta (fechada en 1615), tal y como señala el Señor Duval, podemos apreciar cómo el  amor divino envuelve a la Bienaventurada, así como el deseo de sufrimiento de esta, su constante  ejercicio de autoevaluación y, sobre todo, su humildad: “¿Qué he de pretender en el cielo, pregunta ella, o en la tierra, más que gustar a mi Dios y librarme continuadamente a Él?…

La novena carta (que data del 21 de Enero de 1618)- está escrita en Pontoise, y va dirigida a la Madre María de Jesús, subpriora del convento de Amiens e hija mayor de la Bienaventurada: “Jesús, María, José. Madre Mía, que Jesucristo Nuestro Señor sea por siempre jamás el único dueño de nuestros corazones, como así lo será  si lo amamos y buscamos en todas las cosas.  Os agradecemos las oraciones que por nosotras ofrecéis a Dios. Él quiere que llevemos una vida completamente espiritual y que algún día se llegue a producir en nuestra alma la perfecta unión de nuestras voluntades y la suya”.

La duodécima carta (escrita entre 1614 y 1618), parece estar dirigida al Señor de Bérulle. La Bienaventurada le habla con mucha humildad sobre ella misma y sobre sus imperfecciones. Esta carta resulta reveladora acerca de la importancia que para la Bienaventurada tenía la Presencia de Dios: “Mi querido primo, ¿qué puedo contar más que mis innumerables ingratitudes me han alejado tanto y tantas veces de esa divina y actual Presencia, que a menudo, sin darme cuenta, me encuentro […] privada de espíritu interior ? […]  Siento un vacío en mi interior, casi continuado […] por vivir separada de esa divina presencia; de ahí viene todo mi mal. Es por esto que os suplico en el nombre de Dios, y por las entrañas de su infinita misericordia, que le roguéis para que no me separe nunca más de su divina presencia”.

HERMANO LAURENT
En sus cartas, en total una docena, Laurent se muestra con la espontaneidad y la frescura de un hombre libre y feliz. Lo espiritual y lo humano confluyen en él de manera perfecta y natural.
Y para arrastrar a sus interlocutores a la práctica de la Presencia de Dios, echa mano en ocasiones de su propio pasado y de su experiencia actual.

Sexta carta – 12 de octubre de 1688.
Laurent escribe a una señora: “…admiro la fuerza y la valentía del Señor X, el militar del que me habláis. Espero que la aflicción que Dios le ha enviado le sirva de saludable medicina y lo haga volver en sí mismo; es esta una buena ocasión para que se comprometa a  depositar toda su confianza en Él, que lo acompaña a todas partes. Que se acuerde de Él tantas veces como le sea posible. Una pequeña elevación del corazón, aunque sea corriendo con la espada en la mano, sería suficiente… Son esas las plegarias que, aunque cortas, resultan tan gratificantes para nuestro Dios”.

Novena carta – hacia 1684.
A una señora que se queja del tiempo y el esfuerzo que le supone rezar, Laurent le escribe: “Dios no os pide gran cosa: un pequeño recuerdo de vez en cuando, una pequeña oración, así como pedirle su gracia; alguna veces ofrecerle vuestras penas, otras veces agradecerle las gracias que os ha dado… Y todo eso en medio de vuestras tareas.
Durante vuestras comidas, vuestros encuentros, elevad de vez en cuando vuestro corazón hacia Él: el menor de los recuerdos le será siempre muy grato… No es necesario acudir siempre a la Iglesia para estar con Dios; podemos hacer de nuestro corazón una especie de oratorio al cual poder retirarnos de vez en cuando para hablar con Él, dulce, humilde y amorosamente”.

Conclusión.

Queridos amigos, permítanme concluir.

Madame Acarie, esa mujer del mundo que enviudó en 1613, que entró en el Carmelo de Amiens y más tarde en el de Pontoise, donde escogió quedarse en tal que hermana conversa o “hermana de velo blanco”, participó sin proponérselo en una renovación en profundidad a la cual contribuyó enormemente.
¿Cuál es, pues, el secreto que permitió a Madame Acarie darse cuenta de esa ’continuidad interior’ en medio de todas las vicisitudes que afectaban a la sociedad francesa y de todas las dramáticas circunstancias que marcaron su propia vida?
Esta mujer del mundo convertida en carmelita, se abandonó simple y radicalmente a Dios. Nunca dudó de su presencia interior ni de su asistencia. Creyó que la vida de unión con Dios debía  acompañarse de la práctica de las virtudes, y que los grados más elevados de la oración eran compatibles con una existencia humana completamente ordinaria. A partir del momento en el que Dios le hizo una señal, esta creyente fiel se comprometió a llevar una vía espiritual caracterizada por la simpleza y la confianza.

Cuando el Hermano Laurent nos invita, no lo hace por halagarnos. La observación de sus enseñanzas nos ofrece el verdadero sentido de Dios, pues nuestra mirada humanística nos incita a ver en Dios una idea más que una Persona.
La cualidad dominante de nuestro querido Hermano, la que se percibía en su rostro, así como la que  impregnaba sus conversaciones y sus escritos, es una milagrosa simplicidad. La simplicidad de un hombre muy poco ilustrado, que vive en la luz de Dios y que, quizá por su condición de converso, se funde con la realidad de las cosas. Todo el potencial de Laurent se nos muestra a través de ese agudo sentido común sobrenatural que lo conduce a lo esencial.
Para llegar al esplendor de su fe y, a través de ella, al descubrimiento de Dios, Laurent tan solo conoció un método, el cual le fue muy provechoso: el ejercicio de la Presencia de Dios. Esa presencia que, como hemos visto, ya vivía en el profeta Elías, la gran figura del Carmelo, cuando escribió: “Vive Jehová Dios de Israel, en cuya presencia estoy” (I Reyes, 17,1). El humilde hermano converso del siglo XVII desarrolla esa práctica desde el principio de su vida religiosa.
El Hermano Laurent apreciaba mucho el que  pudiéramos realizar un esfuerzo para ofrecer al Señor una mayor atención. Nos exhorta con incitaciones como la siguiente:
“Diría, para el consuelo de aquellos y aquellas que quieren abrazar esta santa práctica, que Dios la da ordinariamente a las almas que a ella se disponen. Y si no la diese, podemos al menos, con la ayuda de sus gracias ordinarias, adquirir por la práctica de la Presencia de Dios una manera y un estado de oración que se acerca mucho a esa simple mirada”. (MS 37)
Si bien es cierto que el esfuerzo humano es necesario, cabe recordar que todo don perfecto viene dado desde arriba. Y, para concluir, dejaremos que la Bienaventurada María de la Encarnación nos ilumine con este consejo:
“Miradle a menudo o escuchad cómo os invita a mirarle, y entonces diréis:
¡Qué desgracia, mi Bien Amado! Si queréis que os mire, habéis de mirarme vos primero”.
(A. DUVAL, La Vie admirable de la Bse Sœur Marie de l’Incarnation [«La admirable vida de la Bienaventurada Hermana María de la Encarnación»] París, 1893, p 353)

Sí: ¡Pedid y se os dará!