Sentido de la comunión hasta la pasión de Cristo o los estigmas (llagas)

Sentido de la comunión hasta la pasión de Cristo o los estigmas (llagas)

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« Llevamos por todas partes y siempre en nuestro cuerpo los sufrimientos de la muerte de Jesús, para que la vida de Jesús también, se manifieste en nuestro cuerpo » (2 Co 4,10).
Lo que es verdad de todo bautizado, lo es todavía más de los que recibieron los "estigmas (llagas)" como la Señora de Acarie (hacia el año 1593). Esta gracia de identificación al Cristo sufriendo, les es concedida para que "terminen en su carne lo que falta a la Pasión del Cristo por su Cuerpo que es la Iglesia". (Col 1,24)

Sentido de la comunión a la Pasión de Cristo en la vida de la Señora Acarie,
primera estigmatizada francesa reconocida.

Por el Fraile Ephrem YON, prior del Priorato de la Croix sur Ourcq.

Tengo cierta relación con la Señora ACARIE.
En efecto, vivo en un priorato, en Aisne, y, a dos kilómetros de este lugar, se encontraba, antes de la Revolución, una abadía benedictina de mujeres, la abadía de Charmes. La Señora ACARIE pasó allí varias temporadas ; ayudó y alentó a la Madre Abadesa a iniciar una reforma en su abadía. Esta reforma llegó a ser posible tal resultado gracias a la intervención de la Señora ACARIE. Nosotras mismas, seguimos el reglamento de San Benito. Le pedí, entonces, a la Señora ACARIE, que fue mi vecina ocasional, sí quería ayudarme a llevar a cabo la obra empezada. Como conozco el carisma de fundadora de la Señora ACARIE, estoy seguro de tener, en ella, un apoyo eficaz.

Desde 1953 la Señora ACARIE, mucho antes de su entrada en religión, recibió los estigmas del Señor, de un modo invisible. Lo atestan numerosos testimonios de manera indiscutible y perfectamente concordante. Durante los días de ayuno, los viernes, los sábados, y los días de Cuaresma, padecía de intensos dolores en los pies, las manos, en el costado y en la cabeza ; se hallaba hundida en una comunión profunda y extática con la persona de Jesús y eso la dejaba, durante varias horas, como si hubiera sido absorta en Dios. El Padre Cotton, jesuita, y el cardenal de Bérulle recibieron sus confidencias sobre esto. Estos dolores parecían espirituales. Se iban así como habían aparecido. Y una vez acabados, no sentía nada más.
Un día en el carmelo de Amiens, en 1615, su priora, Madre Isabel de Jesús, la vio muy dolorida y quiso aliviarla, pero la hermana María de la Encarnación declaró que no quería librarse de estas penas sino sufrir más todavía. Hizo la misma declaración varias veces. Las personas que no saben de estas cosas, sobre todo en una época anti-dolorista como la nuestra, clamarán que es morboso. Solo las que fueran invadidas por el amor del Señor pueden entenderlo. Saben que la participación a sus sufrimientos es comunión con la propia vida del Bien Amado y con su deseo para el mundo. Lo que estas personas desean, con fervor, es formar un solo cuerpo con el Esposo.

Por supuesto, no se busca tal sufrimiento, es otorgado. Unida a Cristo, el alma no siente estos dolores como un obstáculo a la vida plenaria sino como una ayuda que permite una conformidad más completa con la persona de Jesús queriendo salvar al mundo, y como una unión a su propia vida.
La Madre Priora quería aliviarla porque le daba pena ver a la Hermana María de la Encarnación dolorida. ¿Acaso, no había entendido completamente que tal sufrimiento merecía la pena ser vivido, sin reserva, ya que es el Señor el que lo procura ? No se puede despreciar la donación de Dios, ni siquiera evitarla. Pero la verdad es que la Madre Priora ordenó a la Hermana María de la Encarnación, en virtud de la obediencia, que procurara que estos sufrimientos desaparecieran. Se dice que, en seguida, el mal se fue. Se puso a dormir inmediatamente, y descansó muy bien.

Eso prueba que la obediencia tiene un gran precio ya que Dios mismo se somete en la medida en que la hermana se someta también, por voluntad propia. Es la prueba de que estos dolores eran, efectivamente, de orden espiritual, una donación del Espíritu a la Señora ACARIE, después a la Hermana María de la Encarnación después de ser hallada en completa comunión mística con la persona de Jesús.

Léon Bloy, en « La Mujer Pobre », escribe (página 284) : « De San Pablo hemos aprendido que hay siempre algo que falta en los sufrimientos de Jesucristo, y que este algo debe cumplirse con los miembros vivos de su cuerpo ».
Según la teología de San Pablo, somos los miembros vivos del Cuerpo de Cristo ; pues, tenemos que vivir de nuevo en nuestro cuerpo lo que se destina al cuerpo entero de la humanidad que es el cuerpo de Cristo. Esta solidaridad de pertenencia se llama, con razón, el Cuerpo Místico de Cristo por la comunión a su Pasión y a su Espíritu de Resucitado ; esta comunión, en virtud de la solidaridad de todos en el cuerpo de la humanidad de Jesús, se difunde por toda la humanidad. Los que viven de manera consciente y mística esta participación a la muerte y a la Resurrección de Jesús contribuyen mucho en conducir la humanidad « a su tamaño de Hombre perfecto (con una gran H), en la plenitud de la vida, realizando la plenitud de Cristo » (Eph.4/13). Arrastran el cuerpo de la humanidad para que se vuelva, por completo, cuerpo de Cristo y que vivan, al mismo tiempo, en su propio cuerpo, los sufrimientos del mismo Jesús.

Como dice San Pablo, en la segunda Ep. A los Corintios (4/10) « Llevamos por todas partes y siempre en nuestro cuerpo los sufrimientos de la muerte de Jesús, para que la vida de Jesús se manifieste, también, en nuestro cuerpo ».
Comprendemos los estigmas : es para que la vida de Jesús se manifieste en el cuerpo que se otorgan los sufrimientos de la Pasión. Es evidente que los que dan miedo y son señales de muerte no se pueden comparar con los sufrimientos de las heridas de Jesús ; llevan la Vida y procuran la vida del Espíritu, en primer lugar al alma y al cuerpo de la estigmatizada y, en segundo lugar, a todos los que recibirán los efectos espirituales que se hundirán en el Cuerpo místico de Cristo, es decir en el cuerpo entero de la humanidad. Se trata de un carisma que, como todos los carismas, sirve a la edificación del cuerpo integral de Cristo en este mundo.
La inscripción en el cuerpo personal de esta unión mística a Cristo Jesús se revela rica en enseñanza.
Santa Teresa de Ávila, como todos los grandes místicos pone en guardia contra las ilusiones espirituales. Por lo demás, es el objeto de una vigilancia constante para el que quiere crecer con Dios.
La mejor manera para evitarlas, es precisamente, según ella, quedarse unido a la humanidad corporal de Jesús.

Si estamos en comunión , en nuestro propio cuerpo, con la Pasión del Cuerpo de Cristo, tenemos la certeza de que la experiencia vivida es real y no imaginaria ; en efecto, la persona entera se encuentra asociada hasta en el cuerpo que es, en la persona, el punto del arraigamiento a la realidad. Mientras que la imaginación vaga y delira fácilmente, Santa Teresa de Ávila desconfía de las falsas experiencias espirituales que divagan fuera de la realidad ; insiste, frecuentemente en la necesidad de no quitar la humanidad de Cristo en la cual encontramos la humildad y evitamos las derivas imaginarias de las que se alimenta el orgullo.
Un Jesuita psicoanalista, Denis VASSE, al comentar sobre Sta Teresa de Ávila (« El Otro del Deseo y el Dios de la Fe,-lean hoy Teresa de Ávila »-) página 32, escribe : « El encuentro en humanidad con la carne de Jesús nos permite existir, salir de la proyección pretenciosa de nosotros mismos. Nos permite vivir en el Cuerpo de Palabra que no conocemos, un cuerpo vivo de deseo… » Ya que, en el cuerpo, y con más razón, en el cuerpo estigmatizado, no podemos controlar lo que nos ocurre ; estamos invitados a acoger y a recibir una experiencia que nos supera, que procede de Dios (el Otro), y sobre la cual no tenemos ningún ascendiente. El peligro que acecha al espíritu del hombre es querer darse a sí mismo sus propias
representaciones, tomadas por Dios. En el cuerpo marcado por la Pasión, se puede evitar tal riesgo y el alma se apoya sobre el zócalo de la humildad, mediante el cuerpo humillado que consiente en serlo, desde luego por amor del Señor, y no una especie de resignación, estoica, peor, en una búsqueda histérica de intimidación de un modelo exterior.

Denis VASSE añade : « En el mundo sólo existe un lugar donde « se habla » : el cuerpo humano. En él, el Mismo se abre a la medida del Otro y al encuentro cuyo deseo escribe la historia del mundo ».
En el capítulo XII de su « Autobiografía », Teresa no para de poner en guardia contra la inflación y el « forcing » espiritual…Esta manera de darse « al espíritu », en la exaltación de lo imaginario, lo que en verdad no nos es otorgado, en la bajeza de la carne, esconde en el fondo de su éxito delirante una falta de humildad y de discernimiento. La voluntad de acercarse a Dios por la fuerza disimula el rechazo de que se nos acerque humildemente a nosotros ». En los estigmas es Dios el que se acerca humildemente a la persona amada ; esta persona es desposeída de ella misma y empujada a abandonarse, por completo a la gracia que la visita y obligada a reconocer que nada procede de ella sino de El. Se encuentra completamente embargada, como dice D. Vasse, por el deseo del encuentro y por la inflamación del corazón en la unión mística.
Por supuesto, la humildad es la marca de la autenticidad de los estigmas.
La Señora Acarie intentaba no hacer aparecer nada. Se ponía un emplasto unas veces sobre un pie otras veces sobre otro para dar el pego y no dejar suponer lo extraordinario.
Dio a conocer esto a su confesor, el Padre Cotton, bajo secreto y le pidió que no lo dijera, bajo ningún pretexto, antes de su muerte.

La dichosa contó lo que había experimentado durante uno de sus encuentros con el Señor, en una carta al cardenal de Bérulle fechada en 1615.
Era entonces, como fue dicho más arriba, monja en el carmelo de Amiens. Fue durante la semana que precedió su profesión Este encuentro, particularmente intenso con el Señor, debía preparar su acto de ofrenda total.

El Sábado Santo, me sentí culpable por haber tenido, los días anteriores, tan pocos sentimientos de dolores y tormentos que nuestro Señor JesuCristo había padecido por mis pecados, y por los de todos los hombres. Mi ingratitud y mi insensibilidad me procuraron un gran dolor. Poco tiempo después, echando una mirada a un crucifijo, sin hacerlo adrede, mi alma fue emocionada tan de repente y vivamente, que ni siquiera pude considerarlo más exteriormente sino interiormente.
Me extrañaba ver a esta segunda persona de la Santísima Trinidad en tales circustancias por mis pecados y los de los hombres. Me sería completamente imposible expresar lo que pasó en mi interior, y en particular, la excelencia y la dignidad de esta segunda persona. Esta visión era tan eficaz y tan clara que no podía consentir y menos entender que, con tantos medios para redimir al mundo, había querido envilecer de nuevo algo tan digno y tan precioso : hasta que le gustara al mismo Señor aliviar las angustias que padecía (yo pienso que si hubiera durado más tiempo, no hubiera podido aguantarlo) ; el Señor la informó tan particular y eficazmente, y sobre todo con tanta claridad, que no podía ni sospechar que era El quien iluminaba estas tinieblas, y la enseñaba, como lo haría un buen padre con su hijo o un buen maestro con su discípulo.
Lo que se sentía interiormente no se puede expresar y, menos decirlo. Me acuerdo, muy bien de que el alma admiraba su sabiduría, su bondad, y particularmente, el exceso de su amor hacia los hombres. La alegría y el dolor, juntos, producían varios efectos, y el alma se volvía fértil en concepción. ¿Qué decía a este Señor, que le era tan eficazmente presente? ¿Qué necesidades y deseos? ¿Qué gracias, cuando empleaba el cielo entero y particularmente esta santísima Trinidad? º Oh ! cómo le pedía la eficacia de lo que El había hecho por nuestra salvación y la de todos los hombres ! Los sufrimientos en las extremidades de los cuales nos hemos quejadoEl Padre Benoît de Canfeld, capuchino, conoció a la Señora Acarie en 1952 y le confirmó que « todo lo que ocurre con Vd es un efecto de la gracia ». Desde luego todo lo que vivió la Señora Acarie fue un efecto de la gracia. Desde hace tantos años se volvieron dulces y suaves aunque dolorosos ; de lo que le daba las gracias a nuestro Señor. Se quedaba entonces sin miedo y sin tinieblas. En resumen, yo no sabría decir cómo estaba ; esto duró el tiempo de la oración por la mañana, durante cuatro o cinco horas. Desde aquel tiempo, tengo más ayuda y facilidad para rezar que antes ; en donde ella encuentra un alimento tan sólido, abundante y lleno de suavidad, sobre todo que después de la santa comunión, con la cual siento una eficacia tan grande, que no hace falta tener fe para creer que esta realidad no esté en el alma en donde todos los otros sentidos se agrupan para adorarle. Se negaría todo para apoyar esta verdad que está tan eficazmente en el alma que se siente completamente consumida, ya que no se puede apoyar, a menudo, la eficacia de esta presencia. Hay tal serenidad y paz en el alma que para nosotros que lo sentimos, no se puede decir. Tantas cosas pasan en el interior para lo que yo necesitaría ayuda que no puedo ni escribirlo.
Si Dios hubiera permitido que hubiera hecho el viaje que se propuso por hacer, hubiera sido un gran alivio para mi alma. Si sus santas ocupaciones pudieran permitir algunos días de ausencia, le suplicaría, humildemente, que Vd los tomara y que lo entregara todo a lo que mande nuestro Señor. Desde que estamos aquí, hemos estado muy aquejados de estos dolores de entrañas, y tanto, que no puedo entender cómo sigo estando viva ; desde algún tiempo, me siento mejor y descanso por la noche. Este fuego que siento dentro de mí, que pensaba que la edad podría disminuir, sigue aumentando de tal manera que a veces no puedo vivir ; necesito mucho un consejo sobre este asunto para decir lo que está aumentando, y no creo que se pueda hacer por escrito. En cuanto a estos dolores en las extremidades, tengo mucho miedo de lo que puedo deducir, ya que me acuerdo de lo que el reverendo P. Benoît, Capuchino, me había dicho hace diez y siete o diez y ocho añosMaría de la Encarnación, por humildad, habla de ella en la tercera persona del singular ; emplea, igualmente, el nosotros y el yo. »
.

De hecho la hermana María de la Encarnación parecía cerca de la muerte cuando ocurrió este encuentro con el Señor.
Lo que se nota en esta carta :

Es la humildad de tono lo que aparece: teme engañarse, divagar. Es consciente de su miseria.
No vive el sufrimiento reducida a sí misma y como envuelta en sí misma sino un sufrimiento que la une a la pena del Señor por los pecados del mundo y los suyos propios. Toma parte en el deseo de salvación del Señor que quiere salvar a los pecadores, y por eso se ofrece al Padre.
Está llena de una paz, de una suavidad indecible, en la agrupación de todas sus facultades en la adoración que ama. Es visitada por un fuego interior que sigue aumentando hasta tener la impresión de morir y que es únicamente el fuego del Espíritu consumiendo el corazón en la ofrenda a la Santa Trinidad.
Por otro lado, se sabe que ella duda en hacer profesión porque se siente indigna de un honor tan grande y de la exigencia de pureza que esto representa : « Una monja debe tener, dentro de ella, este espíritu que es humilde, pequeño, sometido a todos, que no tiene razón, no representa nada y obedece a todos. Por lo tanto, al verme tan alejada, no puedo, de ningún modo, resolverme a hacer profesión ».
Durante esta enfermedad, poco después de Pascua, hizo profesión.

La experiencia transformadora que ella conoció la señala, a la vista de todos, como transfigurada : « Aparece en ella, desde su profesión algo tan extraordinario. Se veía iluminarse en su cara cierta gracia inocente y tal belleza que no parábamos de mirarla.
Lo que extrañaba era ver, al mismo tiempo, una inocencia de niña y también una prudencia divina y sabiduría »
, testimonia Valence de Marillac durante el proceso informativo.
Repitió, encendida y animada por un fervor ardiente : «  Demasiado es avaro para quién Dios no es suficiente ».
Vivía en la ligereza de la humildad : « Cuando notaba que queríamos algo con demasiado afecto, incluso para nuestro progreso, nos decía : «  Demasiado es avaro para quién Dios no es suficiente », contentémonos de ir muy despacio, con pequeños pasos hacemos más cosas, hay que ser humilde con nuestros deseos » cuenta aún Valence de Marillac.

Es necesario precisar este punto para señalar que los estigmas que se acompañaban de excesos de alegría espiritual intensa no procedían de ninguna voluntad extraordinaria ni de ningún deseo propio. Tenía este discernimiento para las cosas de Dios que le impedía hacer lo que fuera para intentar anticipar la gracia y favorecer cualquiera voluntad personal. Insistía para que ninguna voluntad se inmiscuyera en la obra de Dios que se operaba en ella.
« No hay más grande prueba de amor que dar su vida por los que queremos ». En los estigmas, Dios demuestra que El quiere , de manera privilegiada, a la que se da a El sin reserva. Como lo dice el P. André du Val, durante el proceso apostólico de 1630, estos estigmas eran « las marcas de ternura con las cuales, a cambio de los actos de Amor, Dios enseñaba que quería también a su sirvienta ».
Los estigmas de la Pasión significan en la carne que Dios reconoce, la ofrenda de su sirvienta y la invita a participar en lo que tiene mayor interés, la salvación del mundo por la Cruz. Pero no se entendería nada sobre estos sufrimientos si no se comprende que están llenos de todos los efectos de la gracia : alegría superabundante, ternura compasiva, reagrupación del ser entero en la paz y la donación de sí, éxtasis de Amor en el Fuego del Espíritu. Estos efectos de la gracia firman la autenticidad indudable de los estigmas de la hermana María de la Encarnación.

Por supuesto es importante comprobar que este fenómeno de los estigmas es auténtico.
Los criterios de verificación son los que conciernen a la personalidad espiritual de la estigmatizada.
He insistido, adrede, en el primero de todos : la humildad.
Todo lo que es falso espiritualmente, deja entrever raíces de orgullo. Personalmente, tuve que tratar con una persona que pretendía recibir profecías del Señor. Las profecías eran bellas, pero la persona tuvo una gran reacción de orgullo, y no quería el perdón que se le otorgaba porque sentía una falta de respeto. Inmediatamente atajé : los seudo profetas no eran más que montajes. El criterio es absoluto.
Segundo criterio  : la caridad, permanente e incontestable en la vida de la Señora Acarie. Caridad activa y rebosante, como lo dirá el Señor Picard.
Caridad atenta y delicada, como lo atestiguaron, entre otras personas, sus hermanas del Carmelo. Rectitud, verdad « El mejor medio para conseguirlo todo es ser recto. La rectitud en sí misma puede procurar la paz y hacer el bien ».
Tercer criterio  : Los carismas del Espíritu.
Si los estigmas no se acompañaran de ningún carisma, serían, es verdad, una simulación porque la Unión con el Señor permite, según San Juan, hacer lo que el Señor hizo. « Cumplirán mis obras. Cumplirán aún obras más grandes porque Yo voy al Padre. »

Ella recibió el carisma de curación, atestiguada, entre otras cosas, por la curación instantánea de un hombro anormalmente hipertrofiado, después de la oración de la hermana María de la Encarnación en Amiens, cuando era novicia. Testimonio de Henry de Orléans, Duque de Longueville.
Poseía el carisma de profecía, de predecir ciertos acontecimientos del futuro, de leer en los corazones, de distinguir los espíritus.
Esta riqueza de donaciones era prueba de que el Espíritu de Dios albergaba completamente a la hermana María de la Encarnación.
Un testigo pudo decir : « Nunca la he visto cometer una imperfección. Yo pensaba, al verla tan santa y tan perfecta que si había tales monjas en los monasterios, habría poca diferencia entre la tierra y el cielo » citado por Bruno de J.-M. in « La Belle Acarie » p. 613, n4.

Fiesta de la Anunciación – 25 de Marzo de 2001 – Carmelo de Pontoise